La alcaldesa dejó el micrófono abierto para exclamar “¡qué pesadilla!” durante el pleno municipal, en el transcurso del debate sobre cómo se debía proceder para la introducción de las mociones de urgencia en el Orden del día.
Más allá de la discrepancia procedimental, la expresión de la alcaldesa supone una falta de respeto al pleno, el máximo órgano de representación de la ciudadanía, y refleja una actitud impropia de quien tiene la obligación de presidirlo con neutralidad, respeto y altura institucional. Un comportamiento que no está a la altura del cargo que ostenta.




