Lo público no puede ser de segunda.

Los bancos de Miramar con manchas de óxido recién instalados no son una anécdota. Son un síntoma. Y lo preocupante no es el óxido: es la tolerancia.
Se ha criticado a quien lo denunció, como si señalar un fallo fuera exagerar. Pero la pregunta es otra: ¿aceptaríamos en casa un mueble nuevo defectuoso? No. Lo devolveríamos. Exigiríamos calidad. Sin excusas. Entonces, ¿por qué sí lo aceptamos cuando es dinero público?
Cada vez que miramos hacia otro lado ante un error “menor”, rebajamos el listón. Y cuando el listón baja en lo público, baja para todo. No es solo un banco oxidado: es una forma de gestionar en la que la exigencia desaparece y la mediocridad se normaliza.
Las sociedades más avanzadas de la historia lo entendieron perfectamente. En la antigua Grecia y en la antigua Roma, lo público era lo mejor. No lo suficiente: lo mejor. Porque era de todos.
Hoy parece que nos conformamos con lo contrario.
Defender lo público no es justificarlo todo. Es exigirle más. Mucho más. Porque no es de nadie en particular, pero nos representa a todos.
Y eso no admite óxido.




