El Ayuntamiento de Getxo ha anunciado la aprobación del pliego técnico para adjudicar el futuro autobús urbano, el llamado Getxobus. Lo vende como un hito. Pero lo cierto es que lo que presenta ahora no es un servicio, ni siquiera un proyecto cerrado: es el primer paso de una prueba piloto que llega tras años de inacción. Y llega, casualmente, en el último año de legislatura.
Durante de dos mandatos, el Gobierno municipal encabezado por Amaia Aguirre ha hecho de la movilidad sostenible, la accesibilidad y la cohesión del municipio uno de sus grandes discursos. Sin embargo, la realidad desmonta ese relato: el bus urbano no existe. Y lo que ahora se plantea ni siquiera garantiza que vaya a existir a corto plazo.
El propio Ayuntamiento admite que se trata de una “experiencia piloto”, sujeta a evaluación y sin compromiso firme de continuidad. Es decir, después de años de promesas, la ciudadanía recibe un experimento. Un proyecto en fase embrionaria que, en el mejor de los casos, servirá para que el siguiente gobierno decida qué hacer.
El plan prevé conectar barrios como Andra Mari, Algorta, Romo o Las Arenas, entre otros, mediante más de 30 paradas, con frecuencias de entre 20 y 25 minutos. Sobre el papel, suena bien. Pero sobre el calendario político, suena aún mejor: no habrá resultados tangibles antes de las elecciones, pero sí el titular suficiente para alimentar una campaña.
El contrato, con un presupuesto cercano a los 900.000 euros y una duración inicial de un año prorrogable, evidencia la falta de compromiso estructural. A esto se suma que el servicio depende todavía de ordenanzas fiscales y reglamentos que ni siquiera han sido aprobados. Es decir, ni financiación consolidada ni marco normativo cerrado. Todo en el aire.
Resulta especialmente llamativo que un proyecto que ahora se presenta como prioritario haya sido sistemáticamente pospuesto durante años. Si era tan necesario —y lo es—, ¿por qué no se impulsó antes? ¿Por qué se deja para el último tramo del mandato? La respuesta parece evidente: porque ahora interesa.
El Gobierno municipal intenta escudarse en un proceso participativo realizado en 2025 con cerca de 1.500 aportaciones ciudadanas. Pero ni la participación tapa la tardanza ni legitima la falta de ejecución. Escuchar está bien. Actuar, mejor. Y en este caso, se ha escuchado durante años… sin hacer nada.
Este movimiento coincide, además, con un momento político clave: la necesidad del PNV de renovar su candidatura a la alcaldía y presentar una gestión que pueda venderse como transformadora. El problema es que los hechos pesan más que los anuncios. Y lo que hay hoy es un pliego técnico, no un autobús circulando.
Lo grave no es solo que el bus urbano llegue tarde. Lo realmente preocupante es que se utilice como herramienta electoral después de haberlo ignorado durante dos legislaturas. Getxo no necesitaba una prueba piloto en 2026. Necesitaba un servicio funcionando hace años.
Porque cuando las políticas públicas se activan en función del calendario electoral y no de las necesidades reales, dejan de ser soluciones para convertirse en propaganda. Y eso, en un ámbito tan básico como la movilidad, es sencillamente inaceptable.




