El Ayuntamiento de Getxo ha presentado su futura red de refugios climáticos como una respuesta necesaria ante los efectos del cambio climático. Sin embargo, una lectura detallada del documento de justificación revela una paradoja difícil de ignorar: cuanto más se profundiza en el informe, menos evidente resulta la urgencia de la medida.
El texto arranca con un relato de emergencia climática global, citando informes internacionales, leyes autonómicas, estrategias de resiliencia y escenarios futuros de aumento de temperaturas. El mensaje es claro: Getxo debe prepararse para un futuro de calor extremo. Sin embargo, cuando el documento aterriza en la realidad concreta del municipio, la narrativa empieza a resquebrajarse.
El propio informe reconoce que el riesgo actual de olas de calor en Getxo es muy bajo. No se trata de una interpretación externa ni de una crítica política: es la conclusión literal de los estudios en los que se apoya el proyecto. De hecho, el documento admite que la amenaza es actualmente reducida gracias a las propias características climáticas del municipio. Aun así, esa constatación no conduce a una evaluación prudente de la necesidad de actuar, sino a una sucesión de escenarios hipotéticos cada vez más alarmistas proyectados hasta finales de siglo.
La principal justificación del proyecto descansa sobre el escenario RCP 8.5, el más extremo de los utilizados en las proyecciones climáticas. Es decir, el Ayuntamiento no toma como referencia una hipótesis intermedia o moderada, sino aquella que presupone las mayores emisiones posibles y, por tanto, los impactos más severos.
Toda la argumentación gira alrededor del peor escenario disponible.
La consecuencia es evidente: se construye una sensación de urgencia actual a partir de previsiones que, en muchos casos, se sitúan entre 2040 y 2100. Se habla de riesgos muy elevados, de amenazas crecientes para la salud pública y de la necesidad de reforzar la resiliencia urbana, pero el propio informe admite que los problemas más graves llegarían, en teoría, dentro de varias décadas.
La contradicción es aún mayor cuando se analizan los datos concretos. El documento señala que actualmente Getxo registra alrededor de 2,4 días de ola de calor al año y que esta cifra podría alcanzar los 8,5 días a finales de siglo. Es decir, el escenario utilizado para justificar una nueva red municipal plantea poco más de una semana anual de episodios de calor extremo dentro de más de setenta años.
Pese a ello, el lenguaje empleado en el informe es el de una amenaza inminente. Se habla de aumento de la mortalidad, deterioro de ecosistemas, estrés térmico, vulnerabilidad creciente e impactos sobre la salud física y mental. El problema no es que estos riesgos no existan en términos teóricos, sino la desproporción entre la magnitud real del riesgo actual y el tono empleado para describirlo.
Además, el proyecto presenta como gran novedad algo que en realidad ya existe. Los denominados refugios climáticos serán, en gran medida, bibliotecas, centros cívicos, instalaciones deportivas, equipamientos culturales y parques urbanos que forman parte de la red municipal desde hace años. Más que crear nuevos espacios, la iniciativa consiste fundamentalmente en catalogar y señalizar infraestructuras ya disponibles.
Esto plantea una cuestión elemental: si los espacios ya existen, si la amenaza actual es reducida y si los escenarios más preocupantes se sitúan a décadas vista, ¿qué problema concreto se está resolviendo exactamente?
El informe tampoco aporta una evaluación crítica sobre la eficacia real de la medida. Se enumeran beneficios potenciales, se acumulan referencias a estrategias climáticas y se encadena el proyecto con planes de adaptación, agendas 2030, programas de resiliencia y políticas de transición energética. Sin embargo, apenas se analizan los costes de oportunidad ni se compara esta actuación con otras necesidades más inmediatas para los vecinos.
La sensación final es la de un documento construido para justificar una decisión previamente tomada. Primero se selecciona el escenario más pesimista; después se proyectan sus consecuencias hasta finales de siglo; finalmente se presenta una actuación relativamente modesta como respuesta imprescindible a una amenaza futura. El resultado es una narrativa donde la excepcionalidad del problema parece mucho mayor que la evidencia disponible para sostenerla.
Nadie discute la utilidad de disponer de zonas verdes, espacios de sombra o edificios públicos accesibles durante episodios de calor. Son medidas razonables y de sentido común. Lo discutible es el intento de revestirlas de una retórica de emergencia permanente cuando el propio informe admite que el riesgo actual es muy bajo y que las amenazas más severas pertenecen, por ahora, al terreno de las proyecciones.
Porque al final la principal debilidad del documento no es científica ni técnica. Es una cuestión de credibilidad. Cuesta pedir a los ciudadanos que asuman un relato de urgencia climática local cuando el propio estudio reconoce que Getxo no afronta hoy un problema significativo de olas de calor. Y cuesta todavía más hacerlo cuando gran parte de la justificación descansa sobre el escenario más extremo posible y sobre previsiones que se extienden hasta el año 2100.
Más que una respuesta proporcionada a una necesidad acreditada, la red de refugios climáticos parece convertirse así en otro ejemplo de cómo determinadas administraciones transforman hipótesis de largo plazo en argumentos políticos del presente, confundiendo planificación prudente con alarmismo institucional.




