Hay algo profundamente preocupante en la estrategia comunicativa del Ayuntamiento de Getxo. Se trata de su insistencia en querer reducir un problema complejo a una cuestión de “percepciones”, apoyándose en unos datos oficiales que, lejos de ofrecer una imagen completa, parecen reflejar únicamente una parte muy limitada de la realidad.
Las dos notas de prensa difundidas por el consistorio de Getxo en apenas un mes —9 de febrero y 18 de marzo de 2026— siguen un mismo patrón: insistir en el descenso de la criminalidad, reforzar el mensaje de “municipio seguro” y atribuir los buenos resultados a la coordinación policial. Sobre el papel, todo encaja. Pero fuera del papel, la realidad es bastante más incómoda.
El problema no es tanto lo que dicen los datos, sino lo que no recogen. La trampa de las estadísticas es evidente. Solo existe lo que se denuncia o se registra. El propio funcionamiento del sistema estadístico policial deja fuera una parte significativa de lo que ocurre en el día a día. Solo se contabilizan los hechos que generan denuncia o intervención formal. Todo lo demás desaparece.
Y esto no es una teoría. Es exactamente lo que ha quedado en evidencia con el caso del bidegorri de Zugazarte. Mientras el Ayuntamiento sostenía que en lo que llevamos de 2026 solo ha habido un accidente, los vecinos han presenciado varios incidentes en cuestión de días. Choques, situaciones de riesgo, conflictos… hechos reales que no existen administrativamente porque no han generado un parte formal.
Ese ejemplo es clave porque desmonta el argumento central del equipo de gobierno: que los datos reflejan fielmente la realidad y que todo lo demás son “percepciones”.
Lo que reflejan los datos es lo que se registra, no necesariamente lo que ocurre. Lo sucedido en Zugazarte no es una excepción. Es un modelo.
Si los accidentes no denunciados no existen en las estadísticas, ¿qué ocurre con peleas que no acaban en denuncia, hurtos menores que no se reportan, conflictos en la vía pública que no generan atestado o situaciones de inseguridad que los vecinos evitan denunciar por desconfianza o resignación? Desaparecen.
Y al desaparecer, permiten construir un relato institucional que puede ser técnicamente correcto, pero materialmente incompleto.
Resulta especialmente llamativo el uso selectivo del término “percepción”.
Cuando los vecinos expresan preocupación por la seguridad, el Ayuntamiento responde que se trata de una percepción no respaldada por datos. Pero cuando durante años ha existido una percepción positiva de seguridad, esa nunca fue cuestionada. ¿Por qué unas percepciones se desacreditan y otras se aceptan sin más?
La respuesta parece evidente: porque unas incomodan y otras benefician el relato oficial.
El riesgo de esta estrategia no es solo comunicativo. Es político y social.
Cuando una institución minimiza lo que ocurre, se refugia en estadísticas incompletas y desacredita el testimonio ciudadano, lo que consigue no es reforzar la confianza, sino erosionarla.
Porque los vecinos no viven en informes. Viven en calles, plazas y barrios. Y su experiencia cotidiana, aunque no siempre se traduzca en denuncias, también es un indicador de realidad.
La cuestión no es si Getxo es un municipio seguro en términos comparativos. La cuestión es saber si el Ayuntamiento está dispuesto a reconocer toda la realidad, o solo la parte que encaja en sus estadísticas.
Porque mientras no se responda a esa pregunta con honestidad, seguirá existiendo una brecha creciente entre el discurso institucional y la experiencia de los ciudadanos. Y esa brecha, a diferencia de los datos, no se puede maquillar.




