El malestar por la situación actual de Getxo ha quedado plasmado en una carta al director enviada por un vecino, en la que se describe con preocupación el deterioro progresivo del municipio en distintos ámbitos.
En el escrito, el ciudadano sostiene que la localidad ha perdido parte de su identidad y calidad de vida, señalando un empeoramiento visible en el mantenimiento de calles, jardines y mobiliario urbano. Según relata, espacios que antes destacaban por su cuidado presentan ahora signos de abandono, con zonas verdes descuidadas, suciedad y presencia de actos vandálicos.
La carta también incide en la creciente sensación de inseguridad entre los vecinos. El autor asegura que algunos colectivos, especialmente personas mayores, han modificado sus hábitos por temor a robos o altercados en la vía pública.
Asimismo, menciona la preocupación existente en barrios como Andra Mari, donde denuncia problemas vinculados a la ocupación de viviendas y episodios de violencia.
El vecino también cuestiona la gestión institucional, lamentando lo que considera una falta de respuesta eficaz ante los problemas señalados y un distanciamiento entre la administración local y la ciudadanía.
El testimonio concluye con una reflexión crítica sobre la evolución del municipio, expresando la sensación de pérdida de tranquilidad y bienestar que, según afirma, caracterizaban a Getxo en el pasado.
A continuación, se reproduce íntegramente la carta remitida:
Carta al director
Getxo… un nudo en la garganta de quienes conocimos este municipio cuando era el orgullo de Vizcaya. Lo que antes era color y tranquilidad está siendo devorado por la desidia y una gestión política que nos ha dado la espalda.
Getxo ya no es Getxo. Es un lugar gris, decrépito y sin alma que se desmorona ante la mirada impotente de sus vecinos.
La decadencia no es una opinión, es una herida abierta que sangra en cada barrio. Es desolador ver cómo lo que antes eran jardines verdes y cuidados, que daban envidia a cualquiera, hoy son matorrales abandonados y zonas marchitas. El mantenimiento brilla por su ausencia: mobiliario urbano roto, aceras sucias y fachadas devoradas por graffitis vandálicos que nadie borra. El dolor de ver nuestro patrimonio histórico, como ese palacete derruido para la construcción que todos conocemos, es el símbolo de nuestra pérdida.
Pero lo que realmente preocupa es ver a nuestros mayores encerrados en casa por miedo. Se acabó el pasear tranquilos, la libertad de disfrutar de su jubilación en paz ha sido sustituida por el miedo a las reyertas constantes y una oleada de robos que se ha vuelto el pan nuestro de cada día. La inseguridad se ha apoderado del aire que respiramos.
El abandono institucional es total. En Andra Mari, los vecinos viven una pesadilla constante, vendidos a la inseguridad de casas ocupadas que han traído lo impensable: agresiones, cuchilladas… y todo esto al lado de dos centros escolares. Mientras el municipio se desangra, la sombra de la sospecha cae sobre la casa de todos con la policía entrando a registrar el Consistorio.
Cuando la justicia tiene que intervenir en el Ayuntamiento, el ciudadano se queda huérfano.
Nos han robado el verde de los jardines, el color de las calles y, sobre todo, la tranquilidad. Han convertido un paraíso en un escenario hostil donde los delincuentes campan a sus anchas.




