
El Puente Colgante ha vuelto a colocar durante varios días la bandera palestina en lo alto de su estructura. No ha sido una iniciativa vecinal ni una protesta espontánea: la bandera ha sido instalada directamente por la entidad que gestiona el monumento.
Preguntados por el Diario de Getxo, sus responsables intentan desvincular la decisión de cualquier «formación, organización o posicionamiento político partidista», y aseguran que colocar banderas por «determinadas fechas, acontecimientos o iniciativas» forma parte de su práctica habitual.
Precisamente ahí está el problema.
El Puente Colgante es Patrimonio Mundial de la UNESCO, no un escaparate para la causa de moda ni una gigantesca pancarta al servicio de la agenda ideológica del momento.
Un monumento de semejante relevancia debería estar por encima de las campañas, consignas y símbolos políticos que dividen a la sociedad. Si sus gestores consideran que pueden utilizarlo para exhibir la bandera palestina, la LGTBIQ+, la del 8 de marzo o cualquier otra, la cuestión ya no es qué bandera se coloca, sino quién ha decidido que el patrimonio de todos puede convertirse en plataforma para sus propias iniciativas.
Que no exista adhesión a un partido concreto no significa que el gesto sea neutral. Exhibir públicamente un símbolo de una causa política o social es, por definición, tomar una decisión sobre qué mensaje se quiere proyectar.
El Puente Colgante debería ser patrimonio de todos. No el altavoz de quien lo gestiona. Recordemos que se trata de los pocos transportes públicos que todavía hoy no forman parte del Consorcio de Transportes de Vizcaya.




